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¿Es necesaria una dieta digital?

junio 12, 2014

En la sociedad actual, los medios digitales se han convertido en una parte importante (a veces imprescindible) del trabajo y del ocio. Raro es el empleo en el que no se utiliza un ordenador, un smartphone o una tablet. Incluso la gente sin empleo tiene en Internet la mayor fuente de búsqueda de trabajos a nivel mundial. Pero es que además, estas tecnologías se han apoderado de nuestra vida personal: contactamos con nuestros familiares y/o amigos a través de Whatsapp o Skype, compartimos nuestras fotografías y pensamientos con cientos de ¿amigos? en las redes sociales, twitteamos, enlazamos, subimos, bajamos…

No se puede discutir que las nuevas tecnologías y especialmente Internet han cambiado nuestra vida y, sobre todo, nos la han facilitado mucho. Pero como todo, el uso abusivo de algo puede llegar a convertirse en un problema. Ante la situación alarmante de muchos individuos que no han sabido adaptarse a la tecnología de manera funcional y ésta ha absorbido sus vidas, surge el concepto de “dieta digital”.

La dieta digital

La dieta digital podría considerarse como un proceso en el que liberarse de esos “kilos de más”, entendiendo por kilos la cantidad de tiempo que perdemos delante del ordenador y demás dispositivos tecnológicos sin ser necesario.

¿Cómo saber si nos tenemos que poner a dieta?

Daniel Sieberg, autor del libro “The Digital Diet” y experto en tecnología de Estados Unidos, nos propone una especie de “calculadora” para saber la dependencia que tenemos de nuestros dispositivos. De hecho, el modo de calcular el e-peso nos recuerda al modo de proceder con el índice de masa corporal, aunque el autor indica que no hay una fórmula mágica, sino más bien un decálogo. Consiste en sumar lo siguiente: 3 puntos por cada teléfono móvil del que se dispone, 5 por cada servicio de sms, 1 por cada ordenador portátil, 1 por cada ordenador de sobremesa, 2 en el caso de tener una tablet, 1 por cada libro electrónico, 5 por cada identidad en Internet, 2 por cada cuenta de correo, 1 por cámara digital, 2 por cada blog que se escribe y 1 por cada aparato que necesite cargador. Una vez sumado todo, sería preocupante si el resultado va de 25 a 35 puntos y se podría hablar de adicción a partir de 36. Todo esto, claro está, con todas las salvedades posibles.

A partir de este cálculo, el autor propone una desintoxicación completa en cuatro pasos para volver a tomar conciencia de lo que la tecnología supone en nuestra vida y comenzar a usarla de nuevo poco a poco. A pesar de esto, Sieberg no se declara anti-tecnológico, simplemente entiende que la tecnología hay que usarla con cautela y sin obsesionarse.

 

Daniel Sieberg Post Marta

Un experimento… o más de uno

Llegados a este punto nos podemos empezar a preguntar si utilizamos la tecnología más allá de lo que somos conscientes, si podríamos vivir prescindiendo de ella unas horas al día o simplemente si podríamos eliminarla totalmente de nuestras vidas. ¿Cómo sería nuestra vida sin tecnología? Hubo un momento en que las comunicaciones eran a través del teléfono fijo, nos enviábamos cartas, leíamos las noticias en el periódico o las veíamos en televisión (a las horas prefijadas) y nos enseñábamos las fotos en álbumes de hojas reales. Por no ir más atrás en el tiempo.

Aunque la mayoría de nosotros no nos lo planteemos, sí que ha habido algún experimento más o menos drástico en relación a este aspecto.

Un ejemplo de ello es la familia canadiense de los McMillan, que en 2013 decidieron volver a la situación tecnológica de la que gozaban en 1986 (año de nacimiento) para evitar que sus hijos se hicieran adictos a la tecnología. Para ello volvieron a utilizar el video Beta, el radiocasete y las enciclopedias. Uno de los muchos aspectos positivos que vieron fue que la comunicación entre ellos había mejorado mucho.

Otro caso quizás más conocido es el del periodista Paul Miller, cuyo reto personal fue desconectarse de Internet durante un año entero. En este caso, no desconectó de la tecnología, de hecho, sus experiencias las fue escribiendo a través de su ordenador (sin conexión) y las llevaba en un pendrive a la redacción donde un colega las subía a la web. El experimento empezó como una hazaña, sentimiento que tenía el protagonista, ya que al principio notó la liberación que suponía no estar conectado continuamente, físicamente se sentía mejor ya que tenía que desplazarse para ver a sus amigos y comunicarse con ellos, respondiendo cartas que le enviaban a través de un apartado postal que tuvo que contratar… Sin embargo, con el paso del tiempo llegó el hastío, el cansancio que le suponía el quedar con la gente que vivía cerca con la que poco a poco dejó de comunicarse, el llegar a un aislamiento social debido a que no conocía las novedades al momento, la imposibilidad de comunicarse con las personas que se habían cambiado de domicilio y no podía localizarlas…

Lo que iba a ser un experimento grandioso y revelador, acabó en una entrada de un blog (finalizado el año de desintoxicación) cuyo título fue: “I’m still here:L back online after a year without the internet” que empezaba diciendo: I was wrong. La conclusión fue que aunque estaba viviendo algo real durante ese año, no fue de todo real. Estar conectado es más importante que vivir aislado en sociedad.

Y ahora llega el momento de autorreflexión:

¿Seríamos capaces de someternos a un experimento similar?

¿Es necesaria una desintoxicación de vez en cuando?

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